La comunicación y la caída de Troya

Por Maximiliano Setzes (@MaxiSetzes)

La guerra de Troya es uno de los mitos más aclamados y fascinantes de la Antigua Grecia. Aquiles, Menelao, Héctor, Paris y Odiseo fueron algunos de los grandes héroes que participaron de ella. Sin embargo, el máximo protagonismo se lo lleva el caballo de Troya, decisivo en la resolución del combate.

Según Homero –poeta que vivió en el siglo XII a.C y autor de las obras que dan vida a dicho combate-, parecía imposible que las tropas griegas pudieran atravesar las legendarias murallas troyanas. Nueve años de combate no causaron más que cansancio y miles de pérdidas humanas, sin éxito alguno. Fue allí cuando Odiseo –hábil con la espada pero aún más con la mente- ideó la creación de un caballo de madera gigante. ¿El motivo? Hacer creer a los troyanos que los griegos se retiraban y dejaban únicamente dicha “ofrenda” a los dioses para volver sanos y salvos a casa. Distintas versiones plantean que la ofrenda estaba dedicada a Atenea, otros sostienen que se dirigía a Poseidón. Lo importante, en este caso, es la maniobra comunicacional ideada para alcanzar lo que parecía imposible: penetrar las murallas de Troya sin recurrir al arte de la guerra.

Los troyanos –grandes domadores de caballos y fieles creyentes de los dioses- cayeron en la trampa, y hasta se vieron obligados a romper parte de su muralla para lograr ingresar el gigantesco caballo. Sin embargo, en el interior del mismo, varios guerreros griegos aguardaban con ansias para dar el golpe en el momento justo. Tras largas horas de festejos por el supuesto “triunfo”, los troyanos se fueron a descansar sin saber que los esperaba su final. Los griegos descendieron del caballo, abrieron las puertas a sus ocultos compañeros y finalmente lograron que Troya ardiera en llamas.

El ingenio de Odiseo permitió decidir una guerra que parecía no tener fin. Diez años de combates incesantes se resolvieron con una maniobra comunicacional brillante y eficaz, mediante un símbolo que simuló algo que no era y que decretó el comienzo del fin de la poderosa Troya, cumpliendo con el objetivo más importante (traspasar las murallas) sin blandir la espada, único modo de resolución de conflictos en la época.

Más allá de la existencia o no de la guerra de Troya, su resolución termina siendo un gran ejemplo de cómo la comunicación puede ser determinante, independientemente de los recursos y el período histórico en que se viera involucrado dicho acontecimiento.

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